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Homilías

¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS!

¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS MUERTOS!

VIERNES SANTO

Es Viernes Santo. El tiempo parece detenerse, el reloj retiene sus horas. La muerte, aunque sea una «muerte anunciada», siempre sorprende. El Viernes Santo, la Iglesia celebra la muerte salvadora de Cristo. En el acto litúrgico de la tarde, medita en la Pasión de su Señor, intercede por la salvación del mundo, adora la Cruz y conmemora su propio nacimiento del costado abierto del Salvador (Cfr. Jn 19,34).

La celebración litúrgica del Viernes Santo es de una profunda riqueza. Tres momentos sucesivos, nos envuelven en la densidad de este día, en el que «hasta el sol se ocultó, adelantando la noche»: la preside la Cruz desnuda, que veneramos con devoción contenida; después proclamamos la Pasión según san Juan, reviviendo el relato desgarrador de la muerte del Hijo de Dios. Una oración universal por todo y por todos, precede a la Comunión: sin poder celebrar la Eucaristía, comulgamos con la reserva del Jueves Santo, custodiada en el Monumento.

En un templo recogido en la austeridad, entre la luz y la tiniebla, es una ceremonia sin cantos, sólo lamentos por la muerte del Señor, un grito de dolor por la muerte del mejor de los hombres. Dejado Jesús en el sepulcro, la piedad popular nos ha dejado un bello pensamiento: «nunca la tierra tuvo al sol tan adentro». El Viernes Santo es día de soledad. Hay que sostenerse en la contemplación del Misterio del amor divino para soportar con entereza el drama: estamos ante la muerte más injusta.

La piedad popular ha sabido entrever que esta muerte encierra ya en sí una victoria. Po ello, ha sacado a hombros, victorioso, el cuerpo muerto del Señor. En muchos de nuestros pueblos, asistiremos a la procesión de «Cristo muerto»: Santo Sepulcro o Santo Entierro. Esta escena representa, según las formas expresivas de la piedad popular, un relato evangélico de sencillez y plasticidad impresionante: el pequeño grupo de amigos y discípulos, después de haber bajado de la Cruz el Cuerpo de Jesús, lo llevaron al lugar en el que había una tumba excavada en la roca, en la cual todavía no se había dado sepultura a nadie. Y allí le dejaron, corriendo en la entrada una pesada piedra. «¡Qué solos se quedan los muertos!» dice un popular poeta, que ha grabado como un grito esta experiencia vital.

Sin embargo, ya en la misma celebración litúrgica, celebrando la muerte «haremos un guiño a la Vida»: sabemos que el árbol desnudo de la Cruz germinará en árbol verde de primavera y de vida. Que la soledad será rota por el anuncio de la Pascua: ¡Ha resucitado!: Id a encontrarle a Galilea.

Podemos alargar nuestra meditación y preguntarnos: ¿Qué hicieron los discípulos aquel primer Viernes Santo? ¿Dónde pasó María la «noche más oscura» de su vida? ¿Fue acaso Juan, el discípulo que estuvo junto María a los pies de la Cruz, quien se la llevó a su casa, entregada por el Hijo como Madre para todos nosotros? ¿Qué palabras cruzaron la Madre y el discípulo amado en la larga noche de la soledad? ¿O simplemente aguardaron, cómplices de la Buena Noticia, la mañana de Pascua para contemplar amorosamente el rostro Resucitado?

Tuit del día: Por mi Bautismo participo en la muerte y la resurrección de Cristo. ¿Vivo con un temor excesivo a la muerte o aguardo con fe y esperanza la resurrección?

Alfonso Crespo Hidalgo

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