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Homilías

UN MANDAMIENTO «DE SIEMPRE»

UN MANDAMIENTO «DE SIEMPRE»

DOMINGO V DE PASCUA

«Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros». Con estas palabras, Jesús comienza a despedirse de sus discípulos y amigos, de sus colaboradores más íntimos. Pero, aún le queda tiempo para resumir su estancia histórica en medio de su pueblo con una síntesis de todo su mensaje: Os doy un Mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Es el mandamiento «nuevo», convertido hoy en el mandamiento «de siempre». Porque no hay mandamiento que no hunda sus raíces en éste: es el mandamiento que da vida y energía al resto de las normas de nuestra vida cristiana.

San Pablo explicaba a las primeras comunidades la vida moral del cristiano con una reflexión sencilla: «si eres cristiano… actúa como cristiano». Es lo que se llama en moral el «indicativo y el imperativo paulino». El «indicativo» nos dice lo que somos: ¡somos hijos de Dios! Y esto exige profundizar en nuestra condición de creyentes. Pero no es suficiente «ser cristiano». La propia identidad debe contrastarse continuamente con la expresión de la misma en todas las actividades de la vida. El «ser» se complementa con el «hacer». Y de esta correlación surge el «imperativo» cristiano: hay que hacer honor al nombre que llevamos, si somos cristianos, actuemos como Cristo.

Cristo nos dejó una consigna primordial: Amaos. Y puso en el amor la seña de identidad del verdadero discípulo: la señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros. Incluso, el Maestro trazó una medida a este amor: amaos como yo os he amado. Y puntualizó: Nadie tiene más amor que el que da la vida por los amigos. Y a nosotros nos contó entre ellos.

El amor es el distintivo cristiano. Por el amor recíproco se define la condición cristiana. La moral cristiana no surge de un conjunto de leyes y normas, sino que brota del encuentro con una Persona que nos cautiva y él mismo se convierte en norma de todo. Y nos empuja a extender esta experiencia a los demás.

El libro de los Hechos de los Apóstoles narra la historia de la primera comunidad cristina y su expansión misionera. Pablo y Bernabé, compañeros de viaje, emplearon todas sus energías en predicar el Evangelio de Jesús, especialmente en ambientes gentiles y paganos, siendo testigos de este empuje misionero hacia fronteras insospechadas y culturas nuevas. Así lo relatan a los otros apóstoles, señalando que, por medio de ellos, Dios había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Constatan que la fe no tiene fronteras, que el mensaje del Maestro es universal.

En el libro del Apocalipsis se muestra como este mensaje del mandamiento del amor se convierte en una fuerza revolucionaria capaz de cambiar el mundo. Así lo profetiza Juan: Yo vi un cielo nuevo y una tierra nueva… un universo nuevo, sin muerte, ni llanto, ni dolor.

La fuerza del amor puede cambiar nuestro mundo, pero hacen falta testigos que, como Pablo y Bernabé, lo prediquen no solo con palabras sino con la propia vida.

Tuit de la semana: Damos por sentado que somos cristianos, ya que estamos bautizados. Pero ¿vivo cómo cristiano? ¿Mi vida transparenta lo que realmente soy?

Alfonso Crespo Hidalgo

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