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Homilías

EL CIELO PUEDE ESPERAR

EL CIELO PUEDE ESPERAR

II DOMINGO DE CUARESMA
TEXTOS: Gen 12,1-4; Sal 32; 2Tim 1,8-10; Mt 17,1-9

 

Abrahán era «amigo de Dios» y Dios hablaba con él como con un amigo, leemos en la Biblia. En un momento de su vida, Dios pone a prueba su amistad: le pide un gesto de confianza:Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, y marcha a la tierra que yo te daré. O lo que es lo mismo: deja tus propias seguridades y fíate de mi palabra; tengo para ti grandes planes: haré de ti una gran nación, te bendeciré y haré famoso tu nombre…. Salió Abrahán, «sin saber a dónde iba», pero poniendo su confianza en Dios. Así comienza uno de los capítulos más bellos de la Historia de nuestra Salvación. Abrahán sufrirá persecuciones, pero la contemplación del rostro de su Señor, le da fuerzas para seguir adelante.

En el evangelio de hoy, Jesús se manifiesta en el monte Tabor a los apóstoles más íntimos: Pedro, Santiago y Juan. Y se les revela en plenitud. Ellos ven la gloria de Dios, cara a cara: El rostro de Jesús resplandecía como el sol, nos dice el relato evangélico. Y escuchan la manifestación del Padre: Este es mi Hijo predilecto, escuchadle. El Maestro sabe que se aproximan días difíciles para él mismo y para sus seguidores: tiene que ser entregado y morir en la Cruz. Y les quiere dar un día de sosiego, de manifestación de gloria, que les sirva para fortalecer su fe en él y puedan soportar las dificultades y persecuciones. Pedro, Santiago y Juan, gustan de este momento y exclaman: Se está bien aquí, Señor. Incluso proponen un cobijo para quedarse.

Esta visión del Tabor, manifestación de Dios, atestiguada por la presencia de Moisés y Elías: la Ley y los profetas, es una anticipación de la gloria. Por ellos los testigos privilegiados: Pedro, Santiago y Juan, exclaman: ¡qué bueno es que estemos aquí! Sin embargo, Jesús le devuelve a la realidad: hay que bajar del monte y seguir el camino hacia Jerusalén, la ciudad que mata a sus profetas; hay que fortalecer la fe de los hermanos más débiles; hay que predicar la Buena Noticia.

Toda revelación de Dios no es una gracia que se entrega para gozarla en privado, es siempre un compromiso para afianzar la propia fe y manifestarla a los demás: ser testigo y misionero del evangelio. No se revela Dios en su gloria para simplemente demostrarnos su poder, sino para indicarnos que, en su poder, cada uno de nosotros somos amados: esta es la gran noticia. A cada uno de nosotros también nos ha manifestado Dios su gloria en el sacramento de nuestro Bautismo, y también el Espíritu, nos presenta como «hijos amados de Dios». Es el título mayor que puede adquirir un ser humano. Ser «hijos de Dios es como estar en la gloria». Pero, Jesús nos invita a bajar de la comodidad del Tabor y afrontar las dificultades del día a día, siendo seguidores suyos y misioneros de su Buena Noticia. Como recomienda el apóstol Pablo a Timoteo: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio.

Dios no se aparece muchas veces en la majestad de su gloria, pero sí podemos casi llegar al Tabor, cuando leemos su Palabra y la oramos, cuando celebramos la Eucaristía en una comunidad de hermanos, y vemos el rostro de Jesús en el rostro del pobre.

La vida camina entre el monte Tabor: ¡qué bien se está aquí! y el monte Calvario: ¡sufrimiento y cruz! ¿Siento cerca a Dios en el Tabor y en el Calvario de mi vida?

Alfonso Crespo Hidalgo

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