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Homilías

EL NOMBRE ENCANTADOR: «DIOS CON NOSOTROS»

IV DOMINGO DE ADVIENTO

TEXTOS: Is 7,10-14; Sal. 23; Rom 1,1-7; Mt 1,18-24

 

EL NOMBRE ENCANTADOR: «DIOS CON NOSOTROS»

 

La «palabra dada» ha quedado arrinconada y casi nadie se la cree. Hoy, cualquier negociación, un simple trato de lo más insignificante, debe quedar por escrito, sellado y acreditado; en el fondo se trata de una cuestión de confianza: el ser humano se fía cada vez menos de su semejante: ¡Qué lejos estamos de aquellos tratos que se firmaban con un simple apretón de manos! Todos queremos certificado de garantía, incluso en la amistad.

Dios y el hombre siempre han estado de tratos. Viene de lejos. Dios prometió desde antiguo, después del pecado, que le salvaría. Y el hombre aceptó la salvación. Y comenzó así una cadena de alianzas y, también, una larga historia de rupturas: a la fidelidad de Dios, el hombre respondía con su desconfianza e infidelidad. Y vuelta a empezar: Dios de nuevo busca a su pueblo para atraerlo a su amor y nosotros nos hacemos los distraídos. Es la historia del pueblo de Israel, en el que la humanidad está representada: ¡también tú y yo!

Es tanto el desconcierto que vive el ser humano, esa innata desconfianza, que Dios le dará una señal, una prueba que certifique realmente que cumplirá su palabra. Y el profeta Isaías vaticina que la señal, será desconcertante: una virgen está embarazada y dará a luz un hijo, al que pondrá por nombre Emmanuel. Emmanuel es un nombre que nos llena de consuelo, que nos abre a una esperanza infinita; Emmanuel significa: «Dios-con-nosotros».

Pero en esta historia de siglos, no todo ha sido desconfianza humana. Siempre hubo hombres y mujeres que se han fiado de la palabra de Dios y que no necesitaban pruebas. A este grupo pequeño, pertenecen María y José: ellos son parte de ese «resto de Israel» que confían en las promesas de Dios. Sólo desde una total confianza en Dios se entiende el «sí radical» de María a la propuesta del ángel: Serás Madre del Salvador. Y sólo desde la sencillez espiritual de un alma como la de José se comprende su aceptación del anuncio del ángel: José, hijo de David, no temas acoger a María tu mujer, porque la criatura que lleva en su vientre viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús... José, cumple su papel en la historia de la salvación: aceptar como propios a una madre y su hijo y ofrecerlo al mundo como signo de que Dios cumple su promesa.

El evangelio nos muestra ese difícil momento en el que se cruzan las miradas de María y José: sin papeles, incluso casi sin palabras, ellos firman un pacto de fidelidad entre sí y, sobre todo, con Dios. Ella, ha sido escogida como madre del Mesías; el sencillo José, como el protector de la Madre y del Hijo: los dos tesoros de Dios. Ellos son los protagonistas del signo de nuestra salvación: una virgen concebirá un niño y su nombre será Emmanuel. El será el Salvador del mundo.

Cuando nos pongamos ante el Belén familiar para contemplar la escena, fijemos nuestra mirada y nuestro corazón en los personajes: la grandeza de Dios, hecho Niño; la fidelidad de María, convertida en Madre; la sencillez de José, privilegiado testigo del milagro. La sencillez de un Belén es la imagen que certifica la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación: «imagen que vale más que mil palabras».

Contempla el Belén familiar, ponte junto a María y José que esperan. Un Niño va a nacer y sabemos su nombre: «Dios con nosotros». ¿Será tu corazón la cuna? 

 

Alfonso Crespo Hidalgo

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