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Homilías

NO CUALQUIER AGUA CALMA LA SED

NO CUALQUIER AGUA CALMA LA SED

 

III DOMINGO DE CUARESMA
TEXTOS: Ex 17,3-7; Sal 94; Rom 5,1-2.5-8; Jn 4,5-15.19b-26.39a.40-42

 

Hubo una mujer que desafío a Jesús. La conocemos como «la samaritana». Relata el evangelio: Era alrededor de mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. Así se inicia el encuentro entre una mujer del lugar y Jesús que, dirigiéndose a Jerusalén, se detiene, cansado, en una aldea de Samaria, territorio hostil a los judíos. La mujer queda sorprendida: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Es un judío quien le pide de beber; y narra el evangelio, como en una nota a pie de página, que «los samaritanos y los judíos no se hablaban».

Y Jesús prosigue: Si supieras quien soy Yo, tú me pedirías de beber a mí y yo te daría agua viva. Jesús tira un guante para el diálogo. La mujer, mirando al hombre le recrimina, con sorna: Señor, si no tienes cubo, ¿cómo sacarás agua? Es la pura lógica humana, que mide antes que nada los propios recursos, los medios al alcance. Es la observación de la realidad: un pozo con agua al fondo solo está al alcance de quien tenga un cubo y una cuerda.

Jesús traslada el diálogo a la lógica divina e imparte una auténtica catequesis: el agua que aquella mujer va a sacar con su cubo calmará momentáneamente su sed, pero hay que buscar el auténtico pozo que calma verdaderamente la sed de salvación y eternidad que clama en el corazón de cada uno. Aquel personaje anónimo ofrece a la mujer otra agua, que no necesita ni cubo ni cuerda, que no está en el fondo de la tierra sino en lo profundo del corazón: Quien bebe de mi agua se convertirá él mismo en un surtidor que salta hasta la vida eterna, le dice a la sorprendida mujer que, desde su lógica humana, acepta la oferta: Dame de esa agua y así no tendré que venir a sacarla. Es una mujer práctica.

El pueblo judío es un pueblo sediento, pues vive en pleno desierto. Por eso el pozo es una riqueza. Pero, sobre todo, el pueblo judío es un pueblo sediento de salvación. Se trata de una sed histórica, enraizada en el corazón humano: es la sed del Mesías esperado; él es el agua anhelada, que colmará la esperanza de los hombres. La mujer manifiesta esperanza: sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. Y Jesús se presenta como el Mesías esperado: Soy yo, el que habla contigo. Y le ofrece a la mujer cambiar su sed de agua por una sed de salvación. Lo fácil se consigue con un cubo, lo realmente importante es sólo gracia de Dios. ¡Dame de ese agua! exclamó la samaritana; o lo que es lo mismo: «¡Señor, sálvame, si realmente eres el Mesías!». Dice el evangelio que la mujer entonces dejó el cubo y se fue a decir a los demás lo que le había ocurrido. La samaritana abandonó el cubo de su esfuerzo e invitó a sus paisanos a beber de aquel manantial de gracia.

Hoy ante nosotros, también se repite el diálogo del pozo. Al brocal de nuestra vida se acerca el Señor, y nos pide el agua de nuestra amistad. A veces se la ofrecemos con cuentagotas. Y, lamentablemente, muchos perdemos la oportunidad de decirle: ¡Señor, dame de esa agua que brota hasta la vida eterna!

La Cuaresma es un camino, y todo camino da sed. ¡Ojalá que, abandonando la seguridad de nuestro propio cubo, descubramos junto a nosotros a Jesús y le supliquemos: «¡Dame de beber, Señor! Dame tu agua, que calma la inquietud de mi corazón».

Calmar definitivamente mi sed, no es fácil. ¿Me afano por beber en el manantial del amor de Dios o me contento con calmar mi sed con el agua embotellada de la tibieza?

Alfonso Crespo Hidalgo

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