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Homilías

VANIDAD DE VANIDADES…

VANIDAD DE VANIDADES…

Y todo es vanidad… Es una sentencia popular extraída del Eclesiastés, uno de los libros Sapienciales de la Biblia: ¡Vanidad de vanidades: todo es vanidad! Y continúa reflexionando el sabio, con un profundo sentido común: ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? Es una advertencia para evitar la vanagloria por los triunfos momentáneos y buscar el éxito final: una llamada a reflexionar sobre nuestra finitud y pensar que, tras esta, hay otra vida…

Todos conocemos historias de grandes familias arruinadas. Incluso, hay quien piensa: «Lo acumulado por el trabajo de los padres, lo malgastan los hijos». Podemos preguntarnos: ¿para qué trabajamos? El Eclesiastés nos deja una respuesta amarga: Hay quien trabaja con destreza, habilidad y acierto y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. No es una visión realmente optimista. San Pablo en su carta a los Colosenses, nos deja una sabia recomendación: aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra. Estos, los de la tierra, son perecederos.

Estas dos reflexiones bíblicas nos ayudan a entender mejor el mensaje de la parábola del evangelio de este domingo. Nos enseña el Maestro: «Un hombre rico preveía que iba a tener una gran cosecha y comenzó a programar lo que hará para almacenarla: construiré más graneros, lo guardaré todo y después me diré: ¡túmbate, come, bebe, y date buena vida! Sin embargo, aquel mismo día, recibió un aviso: Necio, esta noche te van a reclamar la vida, y ¿de quién será lo que has acumulado? Aquel hombre, precavido, todo lo tenía asegurado, pero le faltó lo principal: asegurarse la propia vida. ¿Recordáis el «cuento de la lechera»? Quizás, se inspiró en esta parábola.

Dios se muestra en esta parábola como un buen consejero, que tras una reflexión profundamente existencial: cuando mueras, lo que has acumulado ¿de quién será?, nos invita a levantar la mirada sobre lo que realmente tiene valor. Recordaba Francisco con humor que «para ir al cielo no hay camiones de mudanzas». Quien se recrea en lo acumulado en la tierra, puede presentarse desnudo en el cielo: Así le ocurrirá al que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios. San Francisco de Asís nos dejó esta reflexión: «Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, sólo lo que has dado». 

La parábola de Jesús surge como respuesta a la súplica de un hombre: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Todos conocemos peleas familiares por la herencia. Quizás, incluso hemos participado. Bien vale preguntarse, todavía en vida: ¿qué herencia queremos dejar? A veces, nos afanamos en dejar a los hijos una buena posición social, asegurada por una cuenta corriente. Es fácil que el hijo despilfarre con prontitud los duros trabajos del padre. No hay mejor herencia que aquella que al repartirla se hace aún más grande. Procuremos que los hijos se lleven nuestra herencia «puesta», como un traje repleto de valores humanos, afianzados en las sólidas virtudes de la fe, la esperanza y el amor cristianos. Así, se evitan las vergonzosas peleas familiares y se acrecienta la unidad de los hermanos.

Tuit de la semana: La lista de grandes ricos es más corta que la interminable lista de los aspirantes a serlo. ¿Si se me pidiera la vida esta noche, qué llevaría al cielo?  

Alfonso Crespo Hidalgo

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