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Homilías

Dios nos muestra su rostro

Dios nos muestra su rostro

II domingo de Cuaresma

Mientras oraba, su rostro cambió.  Jesús se manifiesta en el monte Tabor a los apóstoles más íntimos: Pedro, Santiago y Juan. El monte simboliza en la Biblia un «lugar propicio, retirado, para el encuentro con la divinidad». Y en un monte, el Tabor, Dios revela el Misterio de su Hijo a sus discípulos. Nos dice el relato: El rostro de Jesús cambió y sus vestidos brillaban de resplandor; y presenta a Jesús hablando con Moisés y Elías. La presencia de la divinidad se acredita con la Ley, representada en Moisés, y los Profetas, representados en Elías.

La escena debió de cautivar tanto a los discípulos que, aunque Pedro y sus compañeros se caían de sueño, se espabilaron y vieron su gloria…  Y Pedro hace al Maestro una propuesta: Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías… Están tan embelesados que se olvidan de sí mismos: están dispuesto a dormir al raso.

De pronto, alguien más entra en escena: una nube les cubrió con su sombra. Se llenaron de temor… y una voz desde la nube gritó: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo». En el monte, lugar privilegiado de encuentro con Dios, se nos revela el misterio trinitario: El Espíritu nos señala a Jesús como el Hijo del Padre.  Y nos indica como son las relaciones de las tres personas, que son un único Dios. Son relaciones de amor, de predilección: el Hijo es el predilecto del Padre; y el amor del Padre y el Hijo se derrama en el Espíritu Santo. Sí, es el misterio de la Trinidad.

Cuando el misterio se presenta a la razón del hombre, éste tiene diversas opciones: o cerrase a él desde la soberbia de nuestra mente, o sentirnos simplemente contempladores del «Misterio» desde la humildad de nuestra condición humana y seguir buscando. No es el Misterio «una incógnita a despejar o un enigma a desentrañar», es simplemente una realidad que nos desborda y ante la cual sólo podemos convertirnos en contempladores embelesados. Y quizás, como Pedro, sugerir hacer tres tiendas. Sólo puede contemplar el Misterio quien se abaja de su soberbia intelectual y se siente criatura divina.

La voz del Espíritu nos invita no sólo a contemplar la escena en la que se muestra la grandeza divina de Jesús, sino a participar en ella y ¡escucharlo! Escuchar es una actitud activa que provoca poner atención, sentirse interpelado, e intentar también llevar a la vida aquello que se ha oído: escucharle implica también obedecerle. No se trata solo de contemplar la grandeza de Dios. La admiración debe provocar el seguimiento: llevar la vida al estilo de Jesús, que puso como lema de toda su actividad hacer la voluntad del Padre.

Abrahán, cuya historia es ejemplar para todos los cristianos, conoció a Dios y se adentró en su Misterio. Y quedando seducido por él, firmo una alianza: Yo seré tu Dios y tú y tu descendencia seréis mi pueblo. El sí de Abrahán, padre de creyentes, abrió de par en par la puerta de la Historia de la Salvación: el pueblo fue conociendo a Dios e interiorizando sus leyes, viviendo según las indicaciones de su Dios. Y el pueblo se multiplicó como la arena de la playa y las estrellas del cielo… porque la fe profesada y testimoniada engendra más creyentes.

Tuit de la semana: El Misterio de Dios siempre nos supera. Creer no es «no tener dudas sino vencerlas». ¿Respondo al amor de Dios con el obsequio de mi fe?

Alfonso Crespo Hidalgo

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