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Homilías

Y el gallo… cantó tres veces

Y el gallo… cantó tres veces

MARTES SANTO

Uno de vosotros me va a entregar, sentencia Jesús desahogando su corazón. Humanamente, la vida de Jesús termina en un rotundo fracaso. Parece como si sus palabras tan llenas de vida, sus signos liberadores y sus gestos en favor de los hombres no hubieran servido para nada. Nadie habría podido decir con más razón que Él aquellas palabras del profeta Isaías, que se proclaman hoy: En vano me he fatigado; inútilmente he gastado mis fuerzas.

Las palabras del Maestro: uno de vosotros me va a entregar, flotan en el ambiente como un cuchillo lanzado al aire. Dice el relato que los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Y sigue una rueda silenciosa de reconocimiento, buscando al culpable. Pedro reclamará a Juan, el confidente del Maestro, que le saque un nombre: Señor, ¿quién es?… Jesús no delata un nombre, sino que denuncia un gesto: aquel a quien yo le dé este trozo de pan… Como queriendo indicar que no fue Judas el único traidor, sino que todos los que hemos recibido de él la generosidad de compartir su mesa y recibir su pan podemos incrementar la lista de los traidores.

Y Jesús precipita el drama. Dice a Judas: lo que vayas a hacer, hazlo pronto… El relato sigue escueto: Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. El evangelista señala lacónicamente: Era de noche…, queriendo indicar no sólo la noche como ausencia del día, sino la noche como símbolo de la presencia de las tinieblas del pecado, de la oscuridad del egoísmo y de la sutil niebla de la traición.

Jesús se levanta y provoca un diálogo dramático con Pedro: el apóstol quiere seguir al Maestro allá donde vaya, dispuesto a dar su vida por él. Pero el Señor le sitúa en la carne de su debilidad: ¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que hayas negado tres veces. Todavía Pedro debe descubrir que la fuerza de la vida y el valor para entregarla, no está en la propia voluntad de hacer las cosas; sino en la voluntad que Dios tiene de salvarnos.

Traición de Judas, debilidad de Pedro, cobardía de los demás discípulos, el suplicio de la Cruz: un aparente fracaso humano del Maestro. Sin embargo, sabemos que la Cruz ha vencido a la muerte, brotando un manantial de vida. Multitudes de hombres y de mujeres han encontrado en el Crucificado, y lo seguimos encontrando hoy, un motivo para sostenernos erguidos en la hora de la muerte. La Cruz nos revela que lo verdaderamente valioso es lo que se realiza con la hondura de la fe y del amor. Y la Cruz es un madero con profundas raíces de amor y fe escondidas en la tierra. De estas raíces llenas de vida, como el árbol plantado junto a la acequia, fluirá el verdadero sentido de la muerte y de la vida: cuando la vida se vive con amor y se sostiene con fe, la muerte se convierte en un canto a la esperanza. En Cristo se ha cerrado el oscuro portón del «sin sentido de la muerte» y se ha abierto la puerta luminosa de la salvación.

Tuit del día: La lista de los traidores es larga… la de los amigos es una lista abierta. ¿Quiero formar parte de la lista de los traidores o gozar de la amistad de Jesús?

Alfonso Crespo Hidalgo

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