
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída»
III DOMINGO DE PASCUA
(Lucas 24, 13-35)
Nos hemos acostumbrado a caminar por este mundo
sin preocuparnos más que de nosotros mismos.
No vemos al que cae a nuestro lado porque no puede seguir.
Y ni siquiera escuchamos al que pide auxilio.
Nos hemos vuelto sordos a los gritos de los demás
y nuestros corazones parece que se embrutecen.
¿Dónde está el hombre que debería cuidar de su hermano?
Los dos discípulos que van camino de Emaús no te reconocen, Señor,
cuando te acercas a ellos y caminas a su lado.
Están aún consternados por lo que ha sucedido
y se extrañan de que tú seas
el único forastero que no se ha enterado
de que han crucificado a quien iba a liberar a Israel.
Por eso te cuentan lo que ha pasado
y muestran su decepción
porque el proyecto de Jesús el Nazareno no ha cuajado.
No entienden las explicaciones que les das,
ni comprenden lo que les cuentas de las escrituras
sobre lo que tenía que ocurrir.
Solamente caen los velos de sus ojos
cuando partes y compartes el pan.
También yo quiero pedirte, Señor,
que te quedes a mi lado,
que no me dejes solo en el atardecer, pues ya está oscureciendo.
Porque es imprescindible que alumbres mi vida
para que salga de mis egoísmos
y así poder verte en el hermano que sufre,
en el niño que tiene hambre,
en la mujer o el hombre que son pisoteados en su dignidad.
Necesito escuchar una y otra vez tu palabra
que da seguridad al señalar el camino correcto
para no equivocar mi vida.
Quédate, Señor, quédate conmigo
porque la tarde va apagándose
y tengo miedo de la oscuridad de la noche.
Contigo, nada temeré.
José Serrano Álvarez
(Rezando al caer de la tarde)





